Qué significa saber vender.

Entro en una bodega con unos amigos. Por primera vez no voy por trabajo. La visita es guiada y bien remunerada. Preciosa bodega –me digo a mi mismo. La veo magníficamente dotada:  maquinaria de última generación, de los útiles necesarios para elaborar un buen vino, increíble viñedo y viticultura, buena uva, sala de grandes tinos de madera francesa muy sofisticada, sala de barricas de 225 litros. Super cuidada y saneada en todas sus áreas. En el grupo de visitantes y respecto a las explicaciones de la guía de la bodega, se nota un poco de timidez inicial en el ambiente a la hora de hacer preguntas a cerca de las dudas de su explicación. Al final nos quitamos los tapujos y se coge ritmo de cuestiones. Tras una duración de una hora aproximadamente y de muchas preguntas resueltas, al terminar la visita ocurre lo que ya no es la primera vez que veo en España. No hay cata incluida en el precio. Ya llevo tiempo preguntándome lo mismo al haber visitado unas cuantas bodegas: pero cómo narices pretendemos aprender a vender en este país si no somos capaces de, ya no dejar degustar gratis a los clientes (que es lo que hacen por ejemplo en Francia y otros países de Europa, incluso en las vinotecas más caras de París), sino que ni tan siquiera ofrecer una copa del vino ya pagado en el precio inicial de la visita. La gente comentaba al final hablando en grupo: –Y luego pretenderán que compremos algún vino. A veces pienso que deberíamos preguntarnos algunos, no tanto “cómo lo harán el resto de países para vender mejor que nosotros el vino”, y que más bien deberíamos pensar: “tanto creer que siendo generosos ofreciendo el producto a degustar perdemos dinero, al final lo que perderemos serán clientes”. Hay una frase que mi padre menciona muchas veces: “El ahorro mal entendido es la base de la miseria”. Cambiemos el chip, por favor. Y rápido.

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