No nos dejemos engañar por la fachada.

Cuando comencé a estudiar enología, tenía claro lo que más me atraía de las bodegas que tuve la suerte de conocer en España. Siempre me sentí muy afortunado de que me invitaran a visitarlas grandes amigos riojanos que aún me siento orgulloso de conservarlos en todo su esplendor.
Lo que más me atrae de la mayoría de las bodegas siempre ha sido la higiene que emanan, fruto del arduo trabajo de los enólogos y bodegueros  para conservarla, como siempre digo yo, “tan impecable como un quirófano”. Están impolutas. Y es imprescindible para obtener un buen vino.  También he de decir que a veces es  lo que más me cuesta controlar a mí en las que trabajo, sobre todo cuando viene a gran velocidad la uva para ser analizada y tomo sus  parámetros  en el impecable laboratorio, durante el comienzo de la fermentación.
Por otro lado, cuando comenzaba a empaparme de por qué era necesaria tanta limpieza en ellas, también me horrorizaba pensar que yo podía acabar siendo el típico visitante conformista que al visitarlas le diera igual qué vino le ofrecieran para degustar, pasmado por una brillante arquitectura, un bonito hotel, etc. Son aspectos elegantes y depende para qué momento, muy interesantes. Pero en las bodegas se elabora vino. Y nada más. Ese debe ser su único fin. Es el sabor del “terroir” de esa bodega el que nos tiene que engatusar. No otro tipo de reclamos. Tenemos por toda nuestra geografía  preciosas y majestuosas bodegas, pero  que sus prestigiosos arquitectos no se han parado a estudiar bien sus espacios internos para una eficaz elaboración del vino. Existe un caso en que los depósitos de fermentación se encuentran horizontales por no tener altura suficiente para colocarlos. De esa manera, reseñamos solo una de las dificultades que se presentan, deben  casi triplicar la fuerza de los bazuqueos para mover la pasta. Además, parece una lechería en lugar de una bodega.
Y es que siempre acabamos siendo el “turista que merecemos”. Quiero decir con esto que deberíamos tener cada día un poquito más de curiosidad por las cosas, no solamente por el vino. Me refiero a todo. Investigar, mirar, catar, informarnos, estudiar cuando tengamos tiempo. Pero  en todas las áreas, no solamente en la del vino.
Si nos fijamos sencillamente en el gusto del vino, veremos que nuestro olfato y paladar nos llevará inevitablemente a las más autóctonas bodegas. Y no por ello mal ejecutadas arquitectónicamente. Veremos que todo concuerda, y elaboran el vino con humildad y con cariño. Encontraremos un cocinero del vino, que hace caldos. No Coca-Cola para todo el mundo, con todos los respetos a la Coca-Cola. Estoy seguro de que me entendéis.
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