Maridajes (IV parte)

Peso/riqueza de la comida y vino

Es el primer elemento y más importante a considerar. Los guisos de carne, platos de caza y carnes saladas necesitan vinos con mucho cuerpo. En este caso la mejor elección suelen ser vinos tintos fuertes. No obstante, lo que gana en importancia en el vino suele ser su cuerpo sobre su color o sabor. En muchos platos suele ser mejor la elección de un vino blanco con cuerpo que el de un vino tinto ligero. Las comidas más ligeras, como carnes blancas o pescado, se complementan bien con un vino más delicado (menos cuerpo, tanino y estructura). Como decíamos en la primera parte de maridajes siempre debemos tener en cuenta cómo contribuye la salsa de la comida en el plato. Una salsa cremosa necesitará un vino con suficiente cuerpo para emparejar la comida y los sabores suaves y cremosos.

Por otro lado, debemos concienciarnos de que la mayoría de vinos se elaboran para acompañar a la comida, debido a que en un principio evolucionaron para complementar el tipo de comida de una región específica. No existe una única elección para el maridaje, pero algunos resultan ser una mejor elección que otros.

La base de todo es intentar el equilibrio de tal manera que ni el vino ni la comida dominen el uno sobre el otro. Principalmente valoraremos:

la combinación de la intensidad de sabores de ambos (las comidas ácidas, con vinos de alta acidez, las comidas dulces, con vinos dulces);

la pesadez o riqueza de la comida y el cuerpo del vino;

y por último, evitaremos combinar comidas muy saladas o grasas con vinos con demasiado tanino, ya que el tanino nos da una sensación de sequedad en lengua, paladar o encías.

También debemos emparejar:

comidas grasas con vinos de alta acidez,

carne fibrosa con vinos tánicos,

comidas saladas con vinos dulces o de alta acidez.

Y por último, contrastar las características de sabor de la comida y el vino.

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