Los aromas de la madera I

En el lenguaje corriente, el adjetivo “amaderado” suele englobar tres registros olfatorios: el amaderado propiemente dicho, el resinoso y el balsámico. Estos tres términos dan lugar a numerosas confusiones pese a corresponder a esferas olfativas completamente distintas.
El carácter amaderado aparece durante el secado de la madera. Las duelas de roble revelan su carácter amaderado después de largos meses de secado. Es una nota cálida, desecante, polvorienta, de periodico viejo, de virutas, de serrín, de mondas de lápiz, de plancha, etc.
En cambio, cuando se tala un árbol, lo que nos llega a la nariz es un olor resinoso. Es una nota fresca, volátil, en ocasiones alcanforada, de cera para suelos (parquet o tarima) o muebles, de savia, de trementina, aguarrás, barniz, de madera verde, que también evoca a las coníferas. La gema cosechada bajo la incisión de un pino de gran altura define perfectamente el carácter olfativo resinoso, al menos en las culturas europeas o de Norteamérica.
En el mundo hay multitud de regiones distintas y una gran variedad de árboles. De un extremo a otro del planeta, las resinas de los árboles pueden adoptar aspectos olorosos muy diferentes. Algunas gomas procedentes de Centroamérica o de Sudamérica, o incluso de Oriente Medio, tienen olores cálidos, alimentarios, que evocan la pastelería, el caramelo, la vainilla o la canela. Esas resinas tienen aspectos redondos, almibarados, exóticos, y a veces incluso farmacéuticos.
Pueden despertar recuerdos a los jarabes para la tos que nos prescribían en nuestra primera infancia. El Bálsamo del Perú, el Bálsamo de Tolú, el Benjuí son resinas que desarrollan esos olores dulces. Porque son resinas espesas, bálsamos. Se dice de su olor que es “balsámico”.
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