Hoy, ¿cuál es la tendencia de los vinos?

Creo que tras una década de excesos con los vinos caros y muy concentrados, en España estamos pasando a unos vinos más frescos y fluídos, menos duros y tánicos, con grado alcohólico algo más moderado (ajustando y controlando la madurez de la uva), y consiguiendo así incluso un poco menos de cuerpo en el vino. Creo que todavía se valora mucho más la gama de color que la intensidad de color, ya que en ella podemos intuir hasta cuánta acidez y potencial de envejecimiento tiene el vino. Estamos luchando, por tanto, contra la sobremaduración (algunos la llaman “parkerizada sobremaduración”), pero no tanto contra la sobreextracción, ya que también depende de ella la complejidad final del vino. Hemos aprendido durante estas dos últimas décadas más que nunca cómo hacer vinos con nervio y longevidad, pero a su vez queremos hacer vinos más amables de beber, con un paso por boca más fino, pero tampoco con la acidez tan descarada como en los años 70 y 80. Tampoco con tanto exceso de permanencia en barricas (mucho más longevas que las nuevas que usamos ahora) como antes, pero aportando lo justo de la madera para estar bien integrada con la fruta. Hoy preferimos que sea la fruta la que nos hable en primer lugar: en nariz y en boca. Y una variedad que se adapta muy bien a estos sistemas de elaboración es la Garnacha. Además, no consigue expresar su máximo potencial en barricas de roble excesivamente nuevas. Habrá que darle una oportunidad a ese hijo pródigo (con el que solamente se querían elaborar rosados por nuestra poca confianza en este varietal) que parecía algo más simple que el resto de nuestros hijos (tempranillo, monastrell, mencía, etc). La dejaremos que se exprese como hemos descubierto ahora que mejor sabe hacerlo: en suelos muy pobres y mediante cepas de más de 50 años de edad. Todavía le quedan muchos éxitos que nos seguirán sorprendiendo.

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