El gurú del vino

Desde 1990, que es la fecha en la que empecé a catalogar vinos, nunca me había planteado que pudiera haber alguien que, como yo, perdiera el tiempo en esa materia. Y ni mucho menos esperaba que también  los puntuara. Yo apuntaba la nota de cata y catalogaba incluso los días de clase con mis amigos en la residencia de estudiantes. Luego los debatíamos avivadamente al anochecer.

Fue en el año 2000, cuando leía una publicación sobre Rober Parker (un gran profesional nacido en Baltimore (Maryland) que dejó su profesión de abogado para dedicarse a catalogar vinos) cuando me percaté de que muchas de sus puntuaciones  coincidían con las mías. Obviamente, todos pensarán que es cuestión de gustos. En mi caso podía serlo, pero en cuanto comencé a informarme de “en base a qué” catalogaba empecé a entender el porqué de todo; Parker tiene una capacidad de analizar y apreciar los vinos que de momento no he encontrado en nadie en tal grado. Puede ver el rendimiento del viñedo, la relación de pulpa-hollejo de las bayas de uva, si ha llovido en exceso o ha hecho un año seco, si ha madurado bien la uva, si tiene levaduras autóctonas o añadidas y un largo etc. También me percaté de que era un profesional muy serio y no tengo duda de que lo sigue siendo. Le sigo atentamente desde aquel día en que el presidente de Francia le concedió la  nariz de oro a raíz de la añada de 1982, hecho que le cambió su vida para siempre. Fue así: en marzo de todos los años, críticos, escritores y gurús de todo el mundo se reúnen en Burdeos con motivo de la celebración de la cata “en primeur”. A lo largo de toda una semana, se catan los vinos de las barricas y los críticos evalúan la calidad de la cosecha que se comercializará al año siguiente. Sus comentarios y clasificación condicionan los precios del vino que fijan los negociantes de Burdeos. Sería conveniente recordar que los grandes châteaux de Burdeos son los vinos que sirven de punto de referencia para las subastas y el comercio de los vinos excelentes. En aquel año de 1982, ninguno de los críticos, ni tan siquiera Robert Finnegan (que en aquellos tiempos era el crítico de vinos más respetado y seguido) concedió buenas puntuaciones. Sólo uno de ellos, un joven americano conocido como Robert Parker, pensaba que la añada de 1982 era excelente, con vinos amplios, concentrados y de calidad. Con el paso del tiempo, los vinos de 1982 fueron el claro ejemplo de que Parker tenía razón y los demás se equivocaron. Así nació al que más tarde se le conocería como “El Emperador del Vino”.

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