El arte de la cata (IV)

La vista (II)

Cuando apreciamos en el borde de la copa una serie de lágrimas de aspecto oleoso, podemos ver que se trata de un vino rico en azúcar, alcoholes y glicerina. Debemos saber también que estas lágrimas nos podrán dar pistas para saber si un vino tiene cuerpo o no, pero no es exclivo de ellas al cien por cien. Dependerá de la capa (si esta es alta), de la aceitosidad y del volumen que nos vaya a mostrar el vino al introducirlo en la boca.

El efecto de las lágrimas, para explicarlo físicamente, se produce debido a las tensiones superficiales que se forman al contacto del cristal de la copa. Ocurre porque el alcohol es más volátil que el agua y esto hace que haya una diferencia de densidad del líquido que las moja. El resto es un fenómeno físico bien conocido de capilaridad y tensión superficial, cuya descripción no viene al caso. Variando la temperatura de contraste entre copa y líquido podremos variar libremente la percepción de la lágrima. También es de vital importancia la calidad del acabado del cristal de la copa en que sirvamos el vino. Su porosidad, curvatura y, como no, un buen acabado superficial. De hecho, en mi opinión, la calidad de la copa es uno de los factores más importantes a la hora de disfrutar de todos los matices visuales y táctiles en un vino. Una copa de un cristal fino nos va hacer apreciar mucho más que una de cristal basto, la textura de un vino, sobre todo cuanto más sedoso, aterciopelado y fino  sea el vino. Por lo tanto, disponer de unas copas con la curvatura idónea y de un cristal fino, va a ser una de las más importantes inversiones para la cata. Hemos de mimar las copas bien para una larga conservación. Lavarlas a mano con un gel no muy perfumado, y secarlas con un trapo libre de olores.

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