Bodega en el Loira.

Siempre he seguido la norma en mi blog de no mencionar a bodegas ni a productores por mi pasión por la objetividad, pero después de visitar junto a mis amigos una bodega por habernos dejado guiar por el aroma hechizante de sus vinos, me veo obligado a hacer una excepción. Para los diez que viajábamos en bicicleta por Francia supuso un dilema si hacer o no un alto en el camino al paso por ella. Sí. Era un viaje absolutamente deportivo y duro en el que nos “comíamos” una media de 70 kms diarios, pero ¿por qué no disfrutar a la vez de un gran vino si la bodega Domaine des Baumard nos quedaba de camino en el humilde y precioso pueblito de Rochefort Sur Loire? Un humilde servidor, que a veces piensa que sólo sabe y habla un poco de vino, se siente en el deber de presentar  a sus acompañantes: grandes profesionales de la informática, la medicina, la construcción y las finanzas. Unos grandes ejemplos de personas. Además, en todos los viajes en bici aprendo un montón de su mano sobre cómo se convive en grupo en gran armonía. Tuve el honor, además de disfrutar con ellos de los silenciosos y coloridos (aceitunados) paseos, abundantes en clorofila y aromas florales, de viajar en bici por la orilla de este precioso río Loira flanqueado por perfumadas frambuesas, fresales, ciruelos y un sin fin de flora mezclando matices cardenalicios y de color esmeralda. Disfrutamos de una humilde, pero a la vez espectacular bodega especializada en vinos blancos. Lo curioso es que su arquitectura era sobria y sencilla. Sin toques de ostentación, en un principio, en sus vinos y etiquetas. Todos los detalles de esta mágica bodega estaban planificados con mucho mimo y sencillez para no distraer mucho nuestros sentidos en la cata. Pero la complejidad aromática que encierran sus caldos de la añada 2005 (excelente añada en Loira, por cierto) solo tiene un calificativo: “apasionantes”. A más de uno nos saltaron las lágrimas al probarlos. Y no se puede desear más de un vino que “el que nos emocione”. Son los milagros que producen tres clases de licorellas: rosáceas (pizarras también presentes en el Priorato catalán y en el Mosela Alemán), azuladas y volcánicas, de unos suelos absolutamente únicos en el mundo. Pero sobre todo hemos de destacar el gran cariño que transmite su dueño al elaborar sus vinos y al recibir sus visitas. Enhorabuena de corazón, Florent Baumard por trabajar con esa precisión que hace que un vino comience en nariz tímidamente y entre en boca con todo ese poder y velocidad de un Ferrari, manifestando su frescura y acidez nítidamente, para volverse complejo progresivamente y sin tapujos en el fondo del paladar. Esa gran longitud y retrogusto a cítricos de la “chenin blanc”, a hierba recién cortada, té verde, piña verde, almíbares de pera, manzana y melocotón, flores blancas e incluso orejones y membrillo, nos dejó pasmados y sin palabras. Nos cautivó el nítido aroma mineral, incluso recordándonos a los grandes Riesling del Mosela alemanes. ¡Chapó, señor Baumard!

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